Cuentan, en voz baja, aquellos que aseguran conocer la verdadera historia que todo empezó en una fría noche de viernes, acá en nuestra ciudad, en el tranquilo barrio de Versailles, allá por el 2007 d.C (después de Carlitos). Esa noche cuatro amigos se juntaron, una vez más, en la casa de uno de ellos. Un pequeño y sano ritual que acostumbraban celebrar cada vez que lograban el permiso de sus parejas, que no era muy seguido. Esa noche era especial: las mujeres no se negarían, era la final de “Gran Hermano Ultra Desconocidos” y ni siquiera el aterrizaje de un Ovni les impediría ver semejante evento...
Sin grandes pretensiones, como lo simple de la vida, el único sentido del encuentro era compartir una noche de buena comida, unas espectaculares empanadas (especialidad del dueño de casa), regado con buenos vinos mendocinos, más tarde escuchar un poco de música y después conversar sobre cine o libros disfrutando unos aromáticos cigarros. Todo iba de maravillas, con la caricia que regalaba la trova cubana de fondo y Compay Segundo haciendo imaginar palmeras con su voz. Todo era delicioso...
Pero a veces, cuando una conversación se vuelve apasionante, el tono de voz sube y sube sin percibir el lugar o la hora. Olvidarse de esos detalles pueden ser peligrosos, como les pasó a estos amigos que, sin saberlo estaban siendo escuchados atentamente, a través de las paredes, por una vecina que aprovechaba las largas tandas que había en Gran Hermano... y fueron los primeros ajusticiados de una larga lista de transgresores que habían osado ignorar el televisor, no hablar de fútbol o de política. ¿Cultura? ¡¡Sí, cultura!! Esa execrable costumbre ancestral debía ser desterrada para siempre en una sociedad donde la adoración a lo pasatista y mundano debía ocupar lo más alto del podio... años había llevado a los gobiernos anteriores para lograr la estupidización generalizada y no se podía admitir subversión alguna a lo establecido. Y así se hizo.
Estos cuatro amigos, acusados de “asociación ilícita”, debieron soportar largos juicios con jurados populares. El dedo inculpador del Fiscal determinó para ellos “deformación intelectual y moral a la vez de ignorar la práctica de las buenas costumbres”. Severamente condenados debieron purgar sus culpas en alejados lugares unos de otros. Los fundamentos fueron claros y determinantes: “Criteriosis en primer grado”, un cargo difícilmente apelable. No sería fácil encontrar un abogado capaz de hacerse cargo de la defensa. Si por lo menos se hubiera tratado de violadores siempre estaba la posibilidad de echarle la culpa a la minifalda de la violada, pero... usar el criterio... ¿no podían haber pensado antes?. Bueno, en realidad fueron condenados por eso... una verdadera paradoja.
Alertada la sociedad prontamente cerró filas ante la amenaza, cada vez más cierta, de los practicantes y portadores de “Criteriosis” y hacia ellos se debía avanzar. Semejante oleada era francamente peligrosa para los más chicos, a quienes se había disciplinado a través de ídolos como Panam o Piñón Fijo.
Volviendo a aquella noche, estos entusiasmados amigos entre charla y charla se vieron envueltos, sin saberlo, en una denuncia que serviría para sentar las bases en el futuro. Ante el llamado desesperado y una rápida explicación de lo que estaba sucediendo, los agentes del orden público se hicieron presentes a los pocos minutos, dejando de lado la persecución de un violador y dos ladrones homicidas, para satisfacer el desesperado clamor de la vecina. Se basaron en el criterio policial “ipso facto”: siempre será mucho más peligroso un criterioso que piensa a alguien que sencillamente mate... y nada más.
Acá es donde la bola de nieve empieza a rodar. Estos inconscientes desconocían la grave preocupación que inquietaba al gobierno desde hacía un tiempo, tanto que se había convertido en un tema de Estado. Se debía acallar o silenciar (exterminar no se usó porque ya lo usó una infradotada que vive en España y ya sabemos lo que pasó) a quienes se dedicaran a tareas subversivas como eran mirar menos de dos horas diarias la televisión, conversar en la mesa, hablar de arte, música, libros u otros temas que pudieran desestabilizar el orden establecido, que se había logrado a través de años. Es decir: quien usara el criterio sería, en adelante, censurado, perseguido y lapidado con algún libro de José Navosky. Existían algunos datos preocupantes en los que se habían detectado algunos casos en otros lugares pero se esperaban que los datos del INDEC (siempre tan fieles a los deseos del Gobierno) dieran los números finales. Y los resultados fueron inequívocos: cerca de un cinco por ciento de la población estaban empezando a sufrir síntomas de esa extraña y peligrosa “dolencia”. Este mal atacaba particularmente a aquellas personas con defensas muy bajas que, como dijimos antes, se mostraban rebeldes a todo aquello rebozante de “normalidad”. Y lo normal era la ausencia absoluta de criterio, lugar por donde la población transitaba de manera complaciente y aceptaba feliz. La “criteriosis” no era fácilmente extirpable y podría ser endémica, en extremo dañina para la Sociedad en general y los gobiernos en particular, por lo que se debía actuar con rapidez. Imaginar un pueblo con costumbres atípicas, que practique la libertad de decisión y pensamiento, con firmeza en sus gustos y crítico a lo paupérrimo era una puerta a la inteligencia... al criterio. No, mejor no imaginarlo. Se me pone la piel de gallina...
Con la celeridad que los hilos del poder tienen para resolver lo que les pide el pueblo, se lanzaron a detener aquella bola de nieve. Se habían detectado más de veinte casos en la ciudad y, de seguir así, aumentaría con consecuencias indeseadas para el poder central. Todavía seguía siendo una minoría, gracias a Dios.
Y con los números sobre la mesa, el Gobierno decretó de manera provisoria el “Toque de Criterio”, que era parecido al “Toque de Queda” pero para el pensamiento. Así como en la primera no se pueden juntar más de cuatro personas, en éste decreto no se podían tener más de cuatro pensamientos rebeldes, diferentes, en la cabeza. A pesar de la entrada en vigor de dicho decreto, la población no logró calmar su ansiedad. Había empezado una caza de brujas imparable. Cada vecino, haciendo uso de la ley por mano propia provocó la aceleración de los tiempos. Se creó la organización “Las manzaneras desesperadas”, amas de casa que detestaban a todo aquel que pretendiera romper con la moral y las buenas costumbres, que hablara en “difícil”, vigilando y denunciando todo aquello que amagara con romper la tranquilidad de su cuadra. Llegaron a impulsar ataques a Clubes de Ajedrez (centros neurálgicos del Criterio, donde concurría gente rara), también fueron apedreados varios talleres donde se dictaban Cursos de Filosofía o lugares donde alguien disertaba, por ejemplo, sobre el pensamiento Kafkiano o el Nietzscheniano, tomándolos por asalto, primero y reemplazándolos por talleres de tejido, ikebana, yoga o folklore, después.
Estos hechos se sucedieron de manera cotidiana en la Capital en número creciente. Era, por fin, el alzamiento de la voz del pueblo, del clamor popular... es decir el triunfo de la gente, de los vecinos de la ciudad que, afortunadamente aún estaban a salvo de la pandemia y estaban dispuestos a erradicarla. Esos vecinos que siempre estuvieron orgullosos por su ausencia total de criterio a través de los últimos años, hoy defendían a capa y espada lo logrado...en las calles, en cada esquina, en cada barrio los vecinos se agrupaban para protestar contra el inminente avance de los “criteriosos”... les pido me disculpen, pero recordar esas épicas jornadas provocan en mi la emoción que sólo un argentino puede sentir.
El gobierno no tardó en dar respuesta a la preocupación generalizada que invadía a los ciudadanos. Las madres agradecieron al Ministro de Educación por el rápido cierre de las Facultades, lugares donde el criterio podría reinar y donde el pensamiento crítico era como la luz mala en medio del campo... perdón, me voy a sonar la nariz...
Se concretaron cientos de reuniones en las plazas de cada barrio proponiendo ideas para expulsar de la zona a los indeseables. Había que defender con uñas y dientes la tarea que habían llevado décadas construir: un pueblo sin criterio. No era cuestión de desandar todo el camino y pensar que los gobiernos militares, años de mentira alfonsinezca o la década de lavado de cerebro y destrucción menemista habían existido para nada. No señor, ni Dios permitiera... se debía consolidar aquello para lo que tanto trabajaron: seguir manteniendo adormecido y narcotizado a todo un país. Y Buenos Aires, como históricamente había demostrado, debía estar a la cabeza de la falta de criterio. Argentinos sin criterio, argentinos sin criterio, a vencer...
Para ello se movilizaron, una vez más, las bases (cuadradas) de la ciudadanía y, preocupados por el avance de semejante peligro en ciernes la sociedad toda (o casi) debió cerrar filas para recuperar y reestablecer la normalidad en nuestra atontada patria. Hubieron mitines espontáneos en el Obelisco, en Plaza de Mayo y otras plazas populares del país. Pero la más concurrida y multitudinaria fue en la Plaza de los Dos Congresos, con el Ingeniero Blumberg, Castells, Moyano, Zamora, Grondona (los dos), la gente (¿?) de Quebracho y tantos otros patriotas a la cabeza, inmunizados de todo criterio y por ende a salvo de la Criteriosis. Se juntaron dos millones de firmas que fueron entregados en la Mesa de Entradas del Congreso por un Cabo de la Federal (donde la falta de criterio jamás podría haber sido mejor representada). Fue una de las plazas de mayor concurrencia en la historia cercana, donde convergieron la sociedad toda en sus más variados colores y pensamientos con un punto en común: la falta de Criterio. Se vieron muchos concurrentes con barbijos avanzando por Callao, al pasar delante de algunas librerías y hasta algún ataque a una reunión de gente conversando sobre filosofía.
Como se dijo antes, una variopinta y ecléctica concurrencia dio color a la Plaza. Se encontraban representantes de la policía, militares, árbitros de fútbol, piqueteros, publicitarios, y muchos más que no nombro porque de lo contrario no voy a poder sentarme a tomar ni un solitario café. Ustedes sabrán... no me hagan emocionar...
Y con la valiosa intervención del Congreso al frente (lugar donde por razones desconocidas, aún por los científicos, jamás pudo ni podría entrar la “criteriosis”, salvo excepciones que rápidamente fueron eliminadas). Desde los Dos Congresos (lugar históricamente elevado a la categoría de Nirvana de la falta de Criterio) se votaron con urgencia y mayoría abrumadora algunos decretos y leyes que se aplicarían de inmediato. El clamor era unánime y no se podía esperar más. Surgió así la ley CACA (Combate Al Criterio Agazapado). El lema se expandió por los confines de la patria toda y estalló en carteles callejeros, exigiendo “CACA para todos”. Uno de los más recordados por la gente fue aquel que sentenciaba: “Si usted usa el criterio, cuídese. Lo combatiremos con CACA” aparecía desafiante la cara de Tinelli, con el dedo índice señalando a quien lo mirara. O aquel spot televisivo musical de Susana Giménez, cantando para demostrar que para falta de criterio nada mejor que ella : “Yo apoyo desde que nací la CACA, por eso no hay mejor programa que el mío. No se deje engañar, ni piense en pensar. Nadie representa mejor a la CACA que mi programa (y yo... por supuesto).
Para no quedar atrás y que pudieran quitarle un trono que supo llevar con hidalguía durante décadas Mirtha Legrand cambió su lema de “este programa trae suerte” por “mi programa tiene CACA.”
La ley invadía todos los hogares que la recibían con algarabía, y las amas de casa, fieles representantes con Lita de Lázzari a la cabeza, llevaban la delantera dispuestas a acabar con cualquier horda que pretendiera meter ideas “raras” en las cabezas de los jóvenes. Ya habían logrado que fueran medio estúpidos, sólo faltaba la otra mitad del trabajo...
Rápidamente, emulando a Chávez, el gobierno canceló las licencias a los canales y fundó un único canal del Estado que se llamó: BOBO (que no era un acrónimo sino que era el único nombre que podía tener). El estado mental de la población lo aceptaba sin inconvenientes...
Ante semejante ofensiva de parte de la población y del Estado, no tardó en aparecer en escena un grupo de ideas fuertes y convicciones férreas: “Los fundamentalistas del Criterio”. Grupo compuesto por intelectuales y “arrepentidos” de la CACA que adhirieron al grupo. Eran una línea dura del Criterio, los nuevos halcones “imberbes” que debieron pasar a la clandestinidad rápidamente. Su lema era “CACA para nadie...Criterio para todos”. Unos loquitos...
Ante la irrupción de dicho grupo la sociedad vivió momentos aciagos. Durante meses se consumaron ataques a la integridad personal de muchos ausentes de criterio, verdaderos representantes del pensamiento popular, que llevaban la voz mandante a favor de la nueva ley. Se recuerdan, entre los más cruentos, aquel artero atentado contra Tinelli a quien tiraron sobre su cuerpo (cuando salía de hacer “Bailando como un tarado 27”), centenares de libros de filosofía, física cuántica y narrativa provocándole una reacción cutánea intensa debiendo ser operado de urgencia de la cabeza, lo que se mantuvo en la más absoluta reserva (se supo después que al abrir, los médicos no encontraron nada, ni un solo pensamiento, lo que tranquilizó al Gobierno, y volvieron a cerrar). O aquel otro cuando a Susana Giménez la cercaron en la calle (luego de varios días de perseguirla) y empezaron a decirle palabras “difíciles” tales como “execrable”, “ominosa”, “aciaga”, “fatídica”, “marrana”, “infausta”, “golfa rudimentaria” y tantas otras, durante varios minutos, lo que por no ser por sus guardaespaldas que le taparon los oídos, podría haber ocasionado que la diva entrara en inconciencia (lo que hubiera sido una redundancia). Pero tal vez el mayor golpe de efecto de los “Fundamentalistas del Criterio” fue el secuestro de la mucama de Mirtha Legrand, la encargada de correrle, durante tantos años, la silla a la señora para que se siente. Lo que hizo entrar en pánico a toda la producción del programa, si usaba el criterio podía correrse la silla ella sola pero eso tiraría por la borda años de ausencia del mismo y eso sería muy mal visto por los millones de adherentes a la CACA. Finalmente, en una clara señal de provocación, el programa se emitió con la señora todo el tiempo de pie. Fue doloroso y patético ver a la diva comer sushi de parada al lado de la mesa. Pero la trayectoria fue respetada y pudo esquivar, como lo ha hecho toda la vida, el criterio. Todavía existen los patriotas...
Continuará... (¿¿??)
Sin grandes pretensiones, como lo simple de la vida, el único sentido del encuentro era compartir una noche de buena comida, unas espectaculares empanadas (especialidad del dueño de casa), regado con buenos vinos mendocinos, más tarde escuchar un poco de música y después conversar sobre cine o libros disfrutando unos aromáticos cigarros. Todo iba de maravillas, con la caricia que regalaba la trova cubana de fondo y Compay Segundo haciendo imaginar palmeras con su voz. Todo era delicioso...
Pero a veces, cuando una conversación se vuelve apasionante, el tono de voz sube y sube sin percibir el lugar o la hora. Olvidarse de esos detalles pueden ser peligrosos, como les pasó a estos amigos que, sin saberlo estaban siendo escuchados atentamente, a través de las paredes, por una vecina que aprovechaba las largas tandas que había en Gran Hermano... y fueron los primeros ajusticiados de una larga lista de transgresores que habían osado ignorar el televisor, no hablar de fútbol o de política. ¿Cultura? ¡¡Sí, cultura!! Esa execrable costumbre ancestral debía ser desterrada para siempre en una sociedad donde la adoración a lo pasatista y mundano debía ocupar lo más alto del podio... años había llevado a los gobiernos anteriores para lograr la estupidización generalizada y no se podía admitir subversión alguna a lo establecido. Y así se hizo.
Estos cuatro amigos, acusados de “asociación ilícita”, debieron soportar largos juicios con jurados populares. El dedo inculpador del Fiscal determinó para ellos “deformación intelectual y moral a la vez de ignorar la práctica de las buenas costumbres”. Severamente condenados debieron purgar sus culpas en alejados lugares unos de otros. Los fundamentos fueron claros y determinantes: “Criteriosis en primer grado”, un cargo difícilmente apelable. No sería fácil encontrar un abogado capaz de hacerse cargo de la defensa. Si por lo menos se hubiera tratado de violadores siempre estaba la posibilidad de echarle la culpa a la minifalda de la violada, pero... usar el criterio... ¿no podían haber pensado antes?. Bueno, en realidad fueron condenados por eso... una verdadera paradoja.
Alertada la sociedad prontamente cerró filas ante la amenaza, cada vez más cierta, de los practicantes y portadores de “Criteriosis” y hacia ellos se debía avanzar. Semejante oleada era francamente peligrosa para los más chicos, a quienes se había disciplinado a través de ídolos como Panam o Piñón Fijo.
Volviendo a aquella noche, estos entusiasmados amigos entre charla y charla se vieron envueltos, sin saberlo, en una denuncia que serviría para sentar las bases en el futuro. Ante el llamado desesperado y una rápida explicación de lo que estaba sucediendo, los agentes del orden público se hicieron presentes a los pocos minutos, dejando de lado la persecución de un violador y dos ladrones homicidas, para satisfacer el desesperado clamor de la vecina. Se basaron en el criterio policial “ipso facto”: siempre será mucho más peligroso un criterioso que piensa a alguien que sencillamente mate... y nada más.
Acá es donde la bola de nieve empieza a rodar. Estos inconscientes desconocían la grave preocupación que inquietaba al gobierno desde hacía un tiempo, tanto que se había convertido en un tema de Estado. Se debía acallar o silenciar (exterminar no se usó porque ya lo usó una infradotada que vive en España y ya sabemos lo que pasó) a quienes se dedicaran a tareas subversivas como eran mirar menos de dos horas diarias la televisión, conversar en la mesa, hablar de arte, música, libros u otros temas que pudieran desestabilizar el orden establecido, que se había logrado a través de años. Es decir: quien usara el criterio sería, en adelante, censurado, perseguido y lapidado con algún libro de José Navosky. Existían algunos datos preocupantes en los que se habían detectado algunos casos en otros lugares pero se esperaban que los datos del INDEC (siempre tan fieles a los deseos del Gobierno) dieran los números finales. Y los resultados fueron inequívocos: cerca de un cinco por ciento de la población estaban empezando a sufrir síntomas de esa extraña y peligrosa “dolencia”. Este mal atacaba particularmente a aquellas personas con defensas muy bajas que, como dijimos antes, se mostraban rebeldes a todo aquello rebozante de “normalidad”. Y lo normal era la ausencia absoluta de criterio, lugar por donde la población transitaba de manera complaciente y aceptaba feliz. La “criteriosis” no era fácilmente extirpable y podría ser endémica, en extremo dañina para la Sociedad en general y los gobiernos en particular, por lo que se debía actuar con rapidez. Imaginar un pueblo con costumbres atípicas, que practique la libertad de decisión y pensamiento, con firmeza en sus gustos y crítico a lo paupérrimo era una puerta a la inteligencia... al criterio. No, mejor no imaginarlo. Se me pone la piel de gallina...
Con la celeridad que los hilos del poder tienen para resolver lo que les pide el pueblo, se lanzaron a detener aquella bola de nieve. Se habían detectado más de veinte casos en la ciudad y, de seguir así, aumentaría con consecuencias indeseadas para el poder central. Todavía seguía siendo una minoría, gracias a Dios.
Y con los números sobre la mesa, el Gobierno decretó de manera provisoria el “Toque de Criterio”, que era parecido al “Toque de Queda” pero para el pensamiento. Así como en la primera no se pueden juntar más de cuatro personas, en éste decreto no se podían tener más de cuatro pensamientos rebeldes, diferentes, en la cabeza. A pesar de la entrada en vigor de dicho decreto, la población no logró calmar su ansiedad. Había empezado una caza de brujas imparable. Cada vecino, haciendo uso de la ley por mano propia provocó la aceleración de los tiempos. Se creó la organización “Las manzaneras desesperadas”, amas de casa que detestaban a todo aquel que pretendiera romper con la moral y las buenas costumbres, que hablara en “difícil”, vigilando y denunciando todo aquello que amagara con romper la tranquilidad de su cuadra. Llegaron a impulsar ataques a Clubes de Ajedrez (centros neurálgicos del Criterio, donde concurría gente rara), también fueron apedreados varios talleres donde se dictaban Cursos de Filosofía o lugares donde alguien disertaba, por ejemplo, sobre el pensamiento Kafkiano o el Nietzscheniano, tomándolos por asalto, primero y reemplazándolos por talleres de tejido, ikebana, yoga o folklore, después.
Estos hechos se sucedieron de manera cotidiana en la Capital en número creciente. Era, por fin, el alzamiento de la voz del pueblo, del clamor popular... es decir el triunfo de la gente, de los vecinos de la ciudad que, afortunadamente aún estaban a salvo de la pandemia y estaban dispuestos a erradicarla. Esos vecinos que siempre estuvieron orgullosos por su ausencia total de criterio a través de los últimos años, hoy defendían a capa y espada lo logrado...en las calles, en cada esquina, en cada barrio los vecinos se agrupaban para protestar contra el inminente avance de los “criteriosos”... les pido me disculpen, pero recordar esas épicas jornadas provocan en mi la emoción que sólo un argentino puede sentir.
El gobierno no tardó en dar respuesta a la preocupación generalizada que invadía a los ciudadanos. Las madres agradecieron al Ministro de Educación por el rápido cierre de las Facultades, lugares donde el criterio podría reinar y donde el pensamiento crítico era como la luz mala en medio del campo... perdón, me voy a sonar la nariz...
Se concretaron cientos de reuniones en las plazas de cada barrio proponiendo ideas para expulsar de la zona a los indeseables. Había que defender con uñas y dientes la tarea que habían llevado décadas construir: un pueblo sin criterio. No era cuestión de desandar todo el camino y pensar que los gobiernos militares, años de mentira alfonsinezca o la década de lavado de cerebro y destrucción menemista habían existido para nada. No señor, ni Dios permitiera... se debía consolidar aquello para lo que tanto trabajaron: seguir manteniendo adormecido y narcotizado a todo un país. Y Buenos Aires, como históricamente había demostrado, debía estar a la cabeza de la falta de criterio. Argentinos sin criterio, argentinos sin criterio, a vencer...
Para ello se movilizaron, una vez más, las bases (cuadradas) de la ciudadanía y, preocupados por el avance de semejante peligro en ciernes la sociedad toda (o casi) debió cerrar filas para recuperar y reestablecer la normalidad en nuestra atontada patria. Hubieron mitines espontáneos en el Obelisco, en Plaza de Mayo y otras plazas populares del país. Pero la más concurrida y multitudinaria fue en la Plaza de los Dos Congresos, con el Ingeniero Blumberg, Castells, Moyano, Zamora, Grondona (los dos), la gente (¿?) de Quebracho y tantos otros patriotas a la cabeza, inmunizados de todo criterio y por ende a salvo de la Criteriosis. Se juntaron dos millones de firmas que fueron entregados en la Mesa de Entradas del Congreso por un Cabo de la Federal (donde la falta de criterio jamás podría haber sido mejor representada). Fue una de las plazas de mayor concurrencia en la historia cercana, donde convergieron la sociedad toda en sus más variados colores y pensamientos con un punto en común: la falta de Criterio. Se vieron muchos concurrentes con barbijos avanzando por Callao, al pasar delante de algunas librerías y hasta algún ataque a una reunión de gente conversando sobre filosofía.
Como se dijo antes, una variopinta y ecléctica concurrencia dio color a la Plaza. Se encontraban representantes de la policía, militares, árbitros de fútbol, piqueteros, publicitarios, y muchos más que no nombro porque de lo contrario no voy a poder sentarme a tomar ni un solitario café. Ustedes sabrán... no me hagan emocionar...
Y con la valiosa intervención del Congreso al frente (lugar donde por razones desconocidas, aún por los científicos, jamás pudo ni podría entrar la “criteriosis”, salvo excepciones que rápidamente fueron eliminadas). Desde los Dos Congresos (lugar históricamente elevado a la categoría de Nirvana de la falta de Criterio) se votaron con urgencia y mayoría abrumadora algunos decretos y leyes que se aplicarían de inmediato. El clamor era unánime y no se podía esperar más. Surgió así la ley CACA (Combate Al Criterio Agazapado). El lema se expandió por los confines de la patria toda y estalló en carteles callejeros, exigiendo “CACA para todos”. Uno de los más recordados por la gente fue aquel que sentenciaba: “Si usted usa el criterio, cuídese. Lo combatiremos con CACA” aparecía desafiante la cara de Tinelli, con el dedo índice señalando a quien lo mirara. O aquel spot televisivo musical de Susana Giménez, cantando para demostrar que para falta de criterio nada mejor que ella : “Yo apoyo desde que nací la CACA, por eso no hay mejor programa que el mío. No se deje engañar, ni piense en pensar. Nadie representa mejor a la CACA que mi programa (y yo... por supuesto).
Para no quedar atrás y que pudieran quitarle un trono que supo llevar con hidalguía durante décadas Mirtha Legrand cambió su lema de “este programa trae suerte” por “mi programa tiene CACA.”
La ley invadía todos los hogares que la recibían con algarabía, y las amas de casa, fieles representantes con Lita de Lázzari a la cabeza, llevaban la delantera dispuestas a acabar con cualquier horda que pretendiera meter ideas “raras” en las cabezas de los jóvenes. Ya habían logrado que fueran medio estúpidos, sólo faltaba la otra mitad del trabajo...
Rápidamente, emulando a Chávez, el gobierno canceló las licencias a los canales y fundó un único canal del Estado que se llamó: BOBO (que no era un acrónimo sino que era el único nombre que podía tener). El estado mental de la población lo aceptaba sin inconvenientes...
Ante semejante ofensiva de parte de la población y del Estado, no tardó en aparecer en escena un grupo de ideas fuertes y convicciones férreas: “Los fundamentalistas del Criterio”. Grupo compuesto por intelectuales y “arrepentidos” de la CACA que adhirieron al grupo. Eran una línea dura del Criterio, los nuevos halcones “imberbes” que debieron pasar a la clandestinidad rápidamente. Su lema era “CACA para nadie...Criterio para todos”. Unos loquitos...
Ante la irrupción de dicho grupo la sociedad vivió momentos aciagos. Durante meses se consumaron ataques a la integridad personal de muchos ausentes de criterio, verdaderos representantes del pensamiento popular, que llevaban la voz mandante a favor de la nueva ley. Se recuerdan, entre los más cruentos, aquel artero atentado contra Tinelli a quien tiraron sobre su cuerpo (cuando salía de hacer “Bailando como un tarado 27”), centenares de libros de filosofía, física cuántica y narrativa provocándole una reacción cutánea intensa debiendo ser operado de urgencia de la cabeza, lo que se mantuvo en la más absoluta reserva (se supo después que al abrir, los médicos no encontraron nada, ni un solo pensamiento, lo que tranquilizó al Gobierno, y volvieron a cerrar). O aquel otro cuando a Susana Giménez la cercaron en la calle (luego de varios días de perseguirla) y empezaron a decirle palabras “difíciles” tales como “execrable”, “ominosa”, “aciaga”, “fatídica”, “marrana”, “infausta”, “golfa rudimentaria” y tantas otras, durante varios minutos, lo que por no ser por sus guardaespaldas que le taparon los oídos, podría haber ocasionado que la diva entrara en inconciencia (lo que hubiera sido una redundancia). Pero tal vez el mayor golpe de efecto de los “Fundamentalistas del Criterio” fue el secuestro de la mucama de Mirtha Legrand, la encargada de correrle, durante tantos años, la silla a la señora para que se siente. Lo que hizo entrar en pánico a toda la producción del programa, si usaba el criterio podía correrse la silla ella sola pero eso tiraría por la borda años de ausencia del mismo y eso sería muy mal visto por los millones de adherentes a la CACA. Finalmente, en una clara señal de provocación, el programa se emitió con la señora todo el tiempo de pie. Fue doloroso y patético ver a la diva comer sushi de parada al lado de la mesa. Pero la trayectoria fue respetada y pudo esquivar, como lo ha hecho toda la vida, el criterio. Todavía existen los patriotas...
Continuará... (¿¿??)
1 comentario:
Sigo esperando la continuación, me pareció excelente...pero quisiera leer el final.
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