¿Cómo se hace para amaestrar una pulga? Fácil: sabemos que estos bichitos pueden saltar hasta quinientas veces su tamaño, pero
si los ponemos en un recipiente cerrado van a saltar constantemente hasta
chocar con la tapa. Después de algunos días, ya acostumbrada, amaestrada, se le quita el “techo”. La pulga no va a saltar más arriba de lo que su naturaleza le permite: sabe que hay un ‘tope’. Ya se acostumbró.
¿Cómo se amaestra a un elefante? De chiquito se lo
ata a un árbol, no necesariamente robusto. Él va a querer desatarse pero no tendrá la
suficiente fuerza para romper el lazo. Repitiendo esto durante sus primeros años el animal, ya grande, aún teniendo una fuerza muy superior, no va a tratar de salir del
yugo. No va a insistir: su fuerza está limitada mentalmente, no en la realidad.
Y, por último, a pesar de estos ejemplos
anteriores, en donde queda más que claro lo que significa el manejo mental, la subordinación, la sumisión, hay
uno que refleja perfectamente cómo podríamos renacer, teniendo libertad de pensamiento: está comprobado que, aerodinámicamente, la
abeja no puede volar. No lo podría hacer por su peso, por sus alas cortas, por
la misma gravedad. Pero ¿saben por qué vuela? Porque todo eso ella no lo sabe.
Las sociedades en las que vivimos nos obligaron a acostumbrarnos a lo injusto: nos pusieron un techo, y nos convencieron de lo incapaces que seríamos en sobrepasar ese techo, que ya no está; nos convencieron de que no tenemos ningún poder, sabiendo que estamos atados en nuestro tobillo por un frágil lazo y, lo más importante, que si sabemos que el techo que nos hicieron sentir ya no está, aún con nuestras lógicas carencias, si probamos que podemos volar, es muy probable que muchos de nosotros volemos algún día.
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