lunes, 30 de diciembre de 2013

Hasta luego, viejita

Anteúltimo día del año... de 2013. Jamás creí en supersticiones pero si lo hiciera estaría más que justificado, este no fue un buen año: el 13 de julio de este año murió mi viejita. Con eso tengo bastante.
No es necesario, en algunos casos, entrar en desgarradoras palabras ni llanto interminable: se murió una gran PERSONA y para cualquiera en este mundo, tal como están las cosas, siempre es una gran pérdida, imaginen entonces lo que será para mí.. Resalto lo de persona porque, a mi entender, lo de madre, padre, hijo, etc., etc. son categorías familiares que la sociedad define; la mayoría cree que primero está esa convención y después lo demás. No es mi caso: primero fue una gran persona y, afortunadamente, me tocó de mamá. Esa mujer para quien la decencia, la honestidad y el desprendimiento eran su forma de vida. Lo he comprobado y disfrutado todo el tiempo que tuve la suerte de tenerla cerca.
La recuerdo como una gran persona (ya lo dije y lo repito); muy lectora (con un paquete de galletitas cerca); trabajadora incansable (literalmente hablando); alguien que celaba a su familia directa, quizás por haber sido hija única y, por consiguiente, el miedo de quedarse sola; una noctámbula fanática... y con mucho miedo a la vejez. Tal vez tuvo razón en tenerle miedo: sufrió inútilmente durante catorce años, con subidas y bajadas. Hasta que en mayo de este año entró en el abismo del silencio y alguien le dio el descanso que merecía desde siempre.
No recuerdo cuándo fue la última conversación con ella. Lo lamento mucho, muchísimo. Si pudiéramos saber cuándo es la última vez de algo la aprovecharíamos mucho más. Yo no lo pude saber o, tal vez, no lo quería ni imaginar... Estoy seguro que no le dije todas las veces que lo hubiera merecido que la quería mucho; que le agradecía todo lo que me había enseñado con sus palabras y con su ejemplo; que me perdonara si no había sido todo lo que ella hubiera esperado y, más que nada, que voy a llevar en mi memoria todas las hermosas, largas y acogedoras charlas que tuvimos durante madrugadas, en la cocina de casa...
Tu Betito, tu Albertito te sigue extrañando, viejita. Pero sé que ahora estás más cerca de mí que cuando sufriste todos estos años. Para esa gran, grandísima persona, para esa mujer que luchó siempre con honestidad y templanza; para esa mamá que jamás dejó de estar al lado de sus hijos, siempre.
Si es como dicen, tal vez nos volvamos a encontrar y entonces sí te voy a decir cuánto te quise, te voy a agradecer hasta cansarte todo lo que significaste y, quién te dice, tal vez revivamos esas tan cálidas, inolvidables y acogedoras charlas, en alguna cocina de por ahí. Hasta luego viejita...  

  

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