Estos días estuve escuchando un
poco de radio y mirando un poco de tele: de política está bastante desolado el
tema periodístico; del tiempo sólo se habla de las temperaturas y sus correspondientes
sensaciones térmicas (tema ya conversado anteriormente); en espectáculos (o
chismes del) extrañamente no hay peleas mediáticas y las boleterías parece que
sí están congeladas. Habrá que inventar algo para que lo que queda del verano
2014 se mueva un poco…
Lo que sí noto, desde hace algunos
años, es que cuando se habla de balnearios argentinos se incluye de manera casi
natural a… Punta del Este. Pobres uruguayos: los argentinos han hecho pie en
sus playas. Sí, es verdad, esto viene ocurriendo hace ya un tiempo largo. Hay
casos de chicos de veinte años que aún no conocen las playas argentinas, sólo
fueron, año tras año a “Punta”. Todo un símbolo.
Es una historia largamente
repetida: la “crema” jamás quiso juntarse con “el pueblo”. En épocas de la
Argentina dorada, a fines del siglo XIX o principios del XX descubrieron Mar
del Plata, aquella perla del sur que resplandecía tranquila, con enormes
casonas con vista al mar, esos seudo castillos donde los Ortiz Basualdo o los Ocampo pasaban
temporadas completas (desde noviembre hasta Semana Santa), con Borges y Bioy Casares de visita; donde los Martínez
de Hoz o Peralta Ramos veraneaban y, de paso, cuidaban las vaquitas... época de
oro. A medida que avanzaban los nuevos veraneantes se iban desplazando hacia el sur (hoy Playa Chica y Playa Grande). Todo tranquilo, maravilloso, hasta que, un día, llegó “el dictador”:
empujó al aluvión zoológico, les dio vacaciones, les dijo que ellos también podían
ir a las playas e invadieron Mar del Plata, con su lenguaje orillero, sus estruendosos
atuendos y sus gritos de felicidad. No hay nada que hacerle: hay gente que se acostumbra a comer todos
los días y después no los aguanta nadie…
Tuvieron que soportar algunas
décadas tapándose las narices, conviviendo con aquellos que descubrieron el mar
y que entendieron que también era de ellos. Pero luego del espanto que les
ocasionó verse invadidos por las hordas “vacacionales”, fueron tomando
distancias saludables… y descubrieron Pinamar y Cariló. Allí podrían cobijarse
mejor de los inadaptados, tener su privacidad y disfrutar del silencio que proporciona
el bosque… Que los nuevos veraneantes se quedaran con Mar del Plata, ellos
sabrían, como históricamente lo hicieron, escapar de aquella gente.
Los nuevos horizontes marítimos y
playeros no tuvieron el aire aristocrático e intelectual que otrora la “Ciudad feliz”:
los nuevos ricos que invadieron esos balnearios se diferenciaban de tener otro
dios: el dólar, lo material, la ostentación. Es posible que juntando la mitad
de la población se pudiera sumar un libro entero leído entre todos… no era la
intelectualidad su vena. Entonces los que habitaron esos lugares eran nuevos
ricos; políticos que hacían tranzas todo el tiempo en las carpas; carroñeros de
las bajas y subas del dólar; reyes de roscas políticas y golpes económicos. Al
lado de estos los primeros habitantes de Mar del Plata eran bebés de pecho.
Y, como todo pasa y cambia en la
vida, alguien (o algunos) vieron que Pinamar y Cariló no daban para seguir
lavando dólares, rosqueando planes económicos, tratando de ubicar a algún amigo para ministro de algo y, sobre todo, caretear: Había
que huir a otros lugares. Estos personajes nunca se van de un lugar: huyen. El
país al que siempre exprimen sirve para darles leche, pero se la toman en otro
lado, acá nomás: Uruguay y más específicamente, Punta del Este.
Entonces ese balneario que
termina siendo una especie de Peñón de Gibraltar (pero sin conflictos
diplomáticos) es, desde los 90’, un enclave de la creme argentina. Sí, la misma que huyó de allá porque “no daba para
más, acá es otra cosa. Se respira otro aire, el glamour esteño es incomparable. No sé, es como que la gente es más
linda, escuchás hablar alemán, mucho francés, los cruceros. Ya te dije: es otra
cosa. Podés hacer negocios de todo tipo, vos me entendés…”
Creo que, si de algo habría que
vacunar a los argentinos, es de “chupa extranjerismo”. Hasta los políticos
ahora se juntan en sus alejadas playas (a resguardo de algún fotógrafo
indiscreto) y ni hablar de la alta sociedad (¡pobre de nosotros!) que conforma
la farándula argenta: los dioses del Olimpo que nos miran desde allá arriba y
definen qué debemos escuchar, ver, comprar y pensar durante el año.
Ese es un punto difícil de digerir:
los tres poderosos de la televisión
argentina (y que manejan las cabezas de muchos ignorantes) deciden irse lejos
de quienes los entronizaron: Susana Giménez, Marcelo Tinelli y Mirtha Legrand, tres ejemplos de patriotismo y amor por la
gente. También, lejos del centro de Punta del Este, donde quedan solos los ricos pobres y mortales. En otro país y alejados, muy alejados, de las personas que deciden vaciar sus
cerebros para endiosarlos y adorarlos.
Se parece mucho a nuestra historia: los de allá arriba no se quieren juntar con los de acá abajo, paradoja de quienes dan basura y reciben elogios, loas y aplausos.
Se parece mucho a nuestra historia: los de allá arriba no se quieren juntar con los de acá abajo, paradoja de quienes dan basura y reciben elogios, loas y aplausos.
Bueno, posiblemente lo tengamos
merecido, por eso ellos están tres meses en esas chacras con salida a una playa y al mar en tanto, nosotros, podamos escaparnos dos o tres días al año a Mar del Plata… la Ciudad
Feliz.