Cuando era chico, varias décadas
atrás, pensaba que Navidad se festejaba en TODO EL MUNDO y que el Año Nuevo también.
Pasadas esas décadas, por supuesto, comprendí que eso no era así. Entendí, y supe, que había otros años nuevos (o
ninguno); que existían otras festividades que no se parecían a nuestra navidad
y que, a las doce de la noche de ese 31 de diciembre, no todo el mundo estaba
festejando.
Con el paso de esos años
entendí, y supe, que había otros
alfabetos, otros calendarios, otras creencias, otros dioses (o ninguno). Otras miradas, intereses y visiones de la vida. Que para
algunos la muerte se festejaba y que para otros era, lisa y llanamente, el
desasosiego; que las luchas de la gente en diferentes lugares del mundo tenían
distintos motivos y distintas finalidades. En fin, que no todo era como nos
hicieron creer. Nos empapamos de conocimiento, de saberes, de erudición y, sin
embargo, cada vez entendemos menos…
A veces pienso que sería bueno volver
a la ignorancia: daba tranquilidad, felicidad y la suficiente estabilidad para
saber que dos más dos era (y sigue siendo) cuatro. Listo ¿qué más?
Pero no, seguimos empujando, averiguando, indagando y
cada vez sabemos menos. Indudablemente la felicidad es chata, lisa y directa. Sin pretensiones. Para ser feliz hay que ignorar. El conocimiento es sinuoso, misterioso, un camino con enigmas a descifrar durante todo el
recorrido y lo peor: no tiene retorno. Eso sí: de felicidad... ni hablar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario