sábado, 18 de enero de 2014

Viva la patria... de otro

Estos días estuve escuchando un poco de radio y mirando un poco de tele: de política está bastante desolado el tema periodístico; del tiempo sólo se habla de las temperaturas y sus correspondientes sensaciones térmicas (tema ya conversado anteriormente); en espectáculos (o chismes del) extrañamente no hay peleas mediáticas y las boleterías parece que sí están congeladas. Habrá que inventar algo para que lo que queda del verano 2014 se mueva un poco…
Lo que sí noto, desde hace algunos años, es que cuando se habla de balnearios argentinos se incluye de manera casi natural a… Punta del Este. Pobres uruguayos: los argentinos han hecho pie en sus playas. Sí, es verdad, esto viene ocurriendo hace ya un tiempo largo. Hay casos de chicos de veinte años que aún no conocen las playas argentinas, sólo fueron, año tras año a “Punta”. Todo un símbolo.
Es una historia largamente repetida: la “crema” jamás quiso juntarse con “el pueblo”. En épocas de la Argentina dorada, a fines del siglo XIX o principios del XX descubrieron Mar del Plata, aquella perla del sur que resplandecía tranquila, con enormes casonas con vista al mar, esos seudo castillos donde los Ortiz Basualdo o los Ocampo pasaban temporadas completas (desde noviembre hasta Semana Santa), con Borges y Bioy Casares de visita; donde los Martínez de Hoz o Peralta Ramos veraneaban y, de paso, cuidaban las vaquitas... época de oro. A medida que avanzaban los nuevos veraneantes se iban desplazando hacia el sur (hoy Playa Chica y Playa Grande). Todo tranquilo, maravilloso, hasta que, un día, llegó “el dictador”: empujó al aluvión zoológico, les dio vacaciones, les dijo que ellos también podían ir a las playas e invadieron Mar del Plata, con su lenguaje orillero, sus estruendosos atuendos y sus gritos de felicidad. No hay nada que hacerle: hay gente que se acostumbra a comer todos los días y después no los aguanta nadie…
Tuvieron que soportar algunas décadas tapándose las narices, conviviendo con aquellos que descubrieron el mar y que entendieron que también era de ellos. Pero luego del espanto que les ocasionó verse invadidos por las hordas “vacacionales”, fueron tomando distancias saludables… y descubrieron Pinamar y Cariló. Allí podrían cobijarse mejor de los inadaptados, tener su privacidad y disfrutar del silencio que proporciona el bosque… Que los nuevos veraneantes se quedaran con Mar del Plata, ellos sabrían, como históricamente lo hicieron, escapar de aquella gente.
Los nuevos horizontes marítimos y playeros no tuvieron el aire aristocrático e intelectual que otrora la “Ciudad feliz”: los nuevos ricos que invadieron esos balnearios se diferenciaban de tener otro dios: el dólar, lo material, la ostentación. Es posible que juntando la mitad de la población se pudiera sumar un libro entero leído entre todos… no era la intelectualidad su vena. Entonces los que habitaron esos lugares eran nuevos ricos; políticos que hacían tranzas todo el tiempo en las carpas; carroñeros de las bajas y subas del dólar; reyes de roscas políticas y golpes económicos. Al lado de estos los primeros habitantes de Mar del Plata eran bebés de pecho. 
Y, como todo pasa y cambia en la vida, alguien (o algunos) vieron que Pinamar y Cariló no daban para seguir lavando dólares, rosqueando planes económicos, tratando de ubicar a algún amigo para ministro de algo y, sobre todo, caretear: Había que huir a otros lugares. Estos personajes nunca se van de un lugar: huyen. El país al que siempre exprimen sirve para darles leche, pero se la toman en otro lado, acá nomás: Uruguay y más específicamente, Punta del Este.  
Entonces ese balneario que termina siendo una especie de Peñón de Gibraltar (pero sin conflictos diplomáticos) es, desde los 90’, un enclave de la creme argentina. Sí, la misma que huyó de allá porque “no daba para más, acá es otra cosa. Se respira otro aire, el glamour esteño es incomparable. No sé, es como que la gente es más linda, escuchás hablar alemán, mucho francés, los cruceros. Ya te dije: es otra cosa. Podés hacer negocios de todo tipo, vos me entendés…”
Creo que, si de algo habría que vacunar a los argentinos, es de “chupa extranjerismo”. Hasta los políticos ahora se juntan en sus alejadas playas (a resguardo de algún fotógrafo indiscreto) y ni hablar de la alta sociedad (¡pobre de nosotros!) que conforma la farándula argenta: los dioses del Olimpo que nos miran desde allá arriba y definen qué debemos escuchar, ver, comprar y pensar durante el año.
Ese es un punto difícil de digerir: los tres poderosos de la televisión argentina (y que manejan las cabezas de muchos ignorantes) deciden irse lejos de quienes los entronizaron: Susana Giménez, Marcelo Tinelli y Mirtha Legrand,  tres ejemplos de patriotismo y amor por la gente. También, lejos del centro de Punta del Este, donde quedan solos los ricos pobres y mortales. En otro país y alejados, muy alejados, de las personas que deciden vaciar sus cerebros para endiosarlos y adorarlos. 
Se parece mucho a nuestra historia: los de allá arriba no se quieren juntar con los de acá abajo, paradoja de quienes dan basura y reciben elogios, loas y aplausos.
Bueno, posiblemente lo tengamos merecido, por eso ellos están tres meses en esas chacras con salida a una playa y al mar en tanto, nosotros, podamos escaparnos dos o tres días al año a Mar del Plata… la Ciudad Feliz.   
  


viernes, 17 de enero de 2014

Entre la realidad y la sensación...

En estos días de sofocante calor miro los noticieros y uno de los canales, que no es adepto a dar sensaciones, me dice que la temperatura es de 32º. No le creo. Cambio de canal y otro, que me avisa que estalló el verano (yo creo que detonó), marca en un ángulo de la pantalla, en rojo, 38º de sensación térmica. Ahí me gusta más. Sigo mirando el noticiero y me avisa que el dólar está a menos de $8... tampoco le creo. Cambio. En otro canal de noticias explota un cartel que me dice que el dólar "blue" (definición bastante fantasmagórica de algún alucinado) me grita que está a casi $12. Como decía aquel filósofo oriundo de Bánfiled: "Tengo... un mundo de sensaciones, un mundo de vibraciones". Sabio total: sensaciones que son realidades y vibraciones en todo el cuerpo, incluyendo el bolsillo. 
Es maravilloso vivir en un país sembrado de videntes, esotéricos, chamanes y manosantas: todos vivimos de sensaciones. Me acuerdo que la sensación de inseguridad se había apoderado de nosotros. Ahora entiendo: las sensaciones son sólo personales. Para vivir sin delitos, con un dólar bajo y con una temperatura veraniega, pero benévola, uno tiene que saber dónde mirar y a quién escuchar...
Tengo la sensación de que no he sido claro. Hasta luego.    

miércoles, 15 de enero de 2014

Sostener una utopía... y lograrlo

Estaba escuchando que murió Juan Gelman, confieso haberlo leído poco y nada, pero quería referirme a otra cosa: militó en Montoneros (había sido oficial), como tantos jóvenes de su época que también militaban en organizaciones como ERP, la JP, las FAR, las FAG y otras. Y la historia, que será cualquier cosa pero no se puede cambiar, nos indica que no lograron nada. Como los hippies en su momento (casi contemporáneos) que tampoco lograron nada. Es decir: por un lado los revolucionarios armados en la pretendida Latino América socialista (a sangre y fuego) y por otro los revolucionarios de paz y amor (a humo y viajes), el Flower power (los anti establishment) de América del Norte. Como se puede observar algunos van muriendo, con su ideales a cuesta (ideales muy antidemocráticos), sin haber visto realizado su sueño; otros se convirtieron en decididos usuarios del sistema que, alguna vez, combatieron... Yo me pregunto ¿las revoluciones (o simulacros) se hacen cuando uno es joven? ¿El cansancio (o la conveniencia) nos absorben al punto de empalagarnos con el mundo establecido, inequitativo y desigual? ¿Qué sentido tuvo tener tantos ideales loables y férreos si nos duró una milésima de suspiro en la historia de la humanidad? ¿Cuántos Ceos de multinacionales insultaban y berreaban contra el sistema que ahora empujan para abarcar más y más o, por lo menos, sostenerlo para que no se achique? 
Muchos murieron, o morirán, convencidos de que pensaron lo correcto, pero no lograron nada. Otros se cortaron el pelo... y los ideales, y se lanzaron de lleno a conquistar, saborear y dar loas al capitalismo, sonriendo ante los lejanos sueños de juventud y, muchos, guardándolos en un cajón con candado. 
Tal como están las cosas, las cosas seguirán estando así... o peor. Estamos inmersos en una globalización caníbal (de manera unidireccional) que apunta a sostener un diáfano y correctísimo american style life, aunque jamás pertenezcamos a ese sistema de vida. Pero la zanahoria seguirá estando allí, adelante.
No soy ni izquierdista, ni capitalista y detesto todo lo 'ista' que sólo logra uniformarnos más y más. Pero sí estamos, de manera dramática, en una sociedad occidental muy 'ista': materialista, consumista y pasatista.
¿Estaremos educando (es una ironía que sabrán disculpar) a una o varias generaciones de 'nadistas'? Sabemos que, por más que lo intentemos, hablarle a las jóvenes generaciones de tener ideales (no materiales), de tener ideas, de pretender tender a una igualdad entre la gente es ganarse un pase directo a las cavernas, sin escalas. Pero tampoco podemos ser cínicos y dejar hacer, sabiendo que sólo se están formando grandes ejércitos de zombies, consumidores de cualquier cosa, ignorantes utilitarios al modelo de pertenecer o estás afuera.
Toda esta larga perorata arrancó porque murió alguien que tuvo algún ideal  y lo sostuvo hasta su muerte. Ojalá los responsables de educar a las nuevas generaciones seamos honestos con nosotros y con ellos y les contemos que tener una utopía en la vida puede ser posible... y lograrlo, maravilloso.

sábado, 4 de enero de 2014

Un boleto sólo de ida

Cuando era chico, varias décadas atrás, pensaba que Navidad se festejaba en TODO EL MUNDO y que el Año Nuevo también. Pasadas esas décadas, por supuesto, comprendí que eso no era así. Entendí, y supe, que había otros años nuevos (o ninguno); que existían otras festividades que no se parecían a nuestra navidad y que, a las doce de la noche de ese 31 de diciembre, no todo el mundo estaba festejando.
Con el paso de esos años entendí, y supe, que había otros alfabetos, otros calendarios, otras creencias, otros dioses (o ninguno). Otras miradas, intereses y visiones de la vida. Que para algunos la muerte se festejaba y que para otros era, lisa y llanamente, el desasosiego; que las luchas de la gente en diferentes lugares del mundo tenían distintos motivos y distintas finalidades. En fin, que no todo era como nos hicieron creer. Nos empapamos de conocimiento, de saberes, de erudición y, sin embargo, cada vez entendemos menos…
A veces pienso que sería bueno volver a la ignorancia: daba tranquilidad, felicidad y la suficiente estabilidad para saber que dos más dos era (y sigue siendo) cuatro. Listo ¿qué más?
Pero no, seguimos empujando, averiguando, indagando y cada vez sabemos menos. Indudablemente la felicidad es chata, lisa y directa. Sin pretensiones. Para ser feliz hay que ignorar. El conocimiento es sinuoso, misterioso, un camino con enigmas a descifrar durante todo el recorrido y lo peor: no tiene retorno. Eso sí: de felicidad... ni hablar.